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Mi romería a la Casa Azul

Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón, o Frida, a secas, ha sido uno de los referentes más sólidos y contundentes de la cultura mexicana del siglo XX, y dentro de ese amasijo que denominamos hoy cultura, hay una porción importante de moda. Fue única como mujer y artista, la mexicana universal, políticamente rebelde y feminista pero aguerrida defensora de las tradiciones populares de su México. Una amalgama de fragilidad física y fortaleza de espíritu, de dolor y alegrías, de intensidad y quietud, de enfermedad, de libertad y encierro, de tragedia y pasión por la vida, de discapacidades y talentos extraordinarios. Musa, activista de herencia, convicción y esencia, víctima y sobreviviente. Al menos, esa es la Frida que siempre he tenido en mi mente; la enamorada de México, la bohemia, bisexual y comunista, la que se esmeraba por cubrir con su indumentaria defectos físicos pero lucía orgullosa su bigote y su uniceja, la indomable paloma domada por el elefante, o al revés?, la que fue capaz de construir su identidad a partir de su discapacidad, la moda y la indumentaria tradicional tehuana.


Y, aunque siempre ha estado ahí, como uno de los mayores faros de toda mi latinoamericanidad, nunca cito sus frases, jamás me he disfrazado de ella –y dudo que alguna vez lo haga- y mucho menos uso su estampa en mi ropa (aunque, debo confesar que el trabajo del chileno Fab Ciraolo con su imagen es de todo mi gusto). Aún  así, Frida es uno de mis pocos íconos de mujer y, casualmente, también de moda –y esta parte la abordaré en la continuación de este post, junto a la exposición “Las apariencias engañan; los vestidos de Frida Kahlo”-, por eso les quiero compartir mi Romería a su casa, La Casa Azul.

“Esperar con la angustia guardada, la columna rota y la inmensa mirada. Sin andar en el vasto sendero, moviendo mi vida cercada de acero”

Por temas que ya no recuerdo –pero ahora agradezco-, durante mi anterior viaje a México (ya ni tengo certeza de si fue una o dos veces, y los pasaportes perdidos no podrán corroborarlo jamás, pero fue hace más de 4 años), nunca había podido ir a la Casa Azul; esta vez, pensé que tampoco alcanzaba entre mi agenda de trabajo y el tráfico de la ciudad, mi horario para hacer turismo comienza cuando el museo cierra. Pero alcancé –realmente no, llegué cuando estaban cerrando, pero alcancé a entrar con un grupo de universitarias :p que iba en una excursión especial-. Aparte de sentirme halagada por poder pasar como universitaria a mis 32, creo que, desde que entré hasta horas después de salir, levité.


Y es que, la casa es el mejor testimonio autobiográfico de Frida y Diego, de su amor por México, su cultura indígena y arte popular; fue santuario, recinto, universo y cómplice de sufrimientos, alegrías y de las pasiones de la artista, de nacimiento a cenizas. Entrar en ella es develar los secretos ya conocidos de Frida y Diego, pero de manera tangible; es darle volumen y dimensiones a sus escenas sin perspectiva.           

Desde el ingreso, incluso desde que se llega a la calle, la casa se destaca y emana esa electricidad calma con la que la propia Frida describía el color azul cobalto, que cubre sus paredes exteriores y las que dan internamente a los jardines. Desde el primer momento, también, la vegetación aparece con esa luz tibia y buena del verde según Frida, dando la bienvenida, como ama de llaves y testigo mudo de la vida de Frida en la Casa Azul.


La primera sala del recorrido, explica los inicios de Frida como pintora, impulsada por sus padres tras el accidente –que ya todos conocen-. Aparece la figura Tina Modotti, una de las varias artistas con las que Frida se llegó a relacionar, como personaje determinante en su vida, al introducirla al mundo de la bohemia y el arte. La sala incluye la obra al óleo de Frida, que reflejaba su estado de ánimo, su postura ante el mundo y sus obsesiones, el retrato –aprendido de su padre fotógrafo-, el autorretrato y la infertilidad, representada en 3 momentos: la incapacidad de ser madre, en Paisaje del pedregal, el aborto en Frida y la cesárea, y el deseo de concebir, en Naturaleza muerta. Sin embargo, también está presente la esperanza y su pasión por la vida en Viva la vida.








En la segunda sala aparecen retratos, fotografías realizadas por la propia artista, libros intervenidos con dibujos y poemas, cartas, cerámica, vestidos y la paleta de colores de Frida, acompañada de un extracto de su diario, en el que describe y dota de emociones a cada uno de los colores recurrentes en su obra:

Probaré los lápices tajados al punto infinito que mira siempre adelante.
El verde: luz tibia y buena.
Solferino: azteca TLAPALI, vieja sangre de tuna, el más vivo y antiguo.
Café: color de mole, de hoja que se va, tierra.
Amarillo: locura, enfermedad, miedo, parte del sol y de la alegría.
Azul: electricidad y pureza, amor.
Negro: nada es negro, realmente nada.
Verde hoja: tristeza, ciencia. Alemania entera es de este color.
Amarillo verdoso: más locura y misterio, todos los fantasmas usan trajes de este color o, cuando menos, su ropa interior.
Azul verdoso: color de anuncios malos y de buenos negocios.
Azul marino: distancia. También la ternura puede ser de este azul.
Rojo: ¿sangre? Pues, ¡quién sabe!




De sala en sala, pasando por un vestido y un corazón de las artistas Tolita y María Figueria, repletos de alfileres, que fueron diseñadas para una ópera de cámara, inspirada en la obra “Unos cuantos piquetitos” de Frida, se llega a la cocina, una de fogón típico mexicano; otra obra de arte y símbolo del amor de la pareja por la tradición y la estética popular mexicana, en la que casi, casi, se alcanza a sentir el picante dulzón del mole. En esa época ya existía la estufa a gas y se usaba en México, pero Frida y Diego preferían cocinar con leña, y preparar platos prehispánicos, coloniales y populares. “Si nosotros no somos nuestros colores, aromas, nuestro pueblo, qué somos? ¡Nada!”. Así lo expresaron, lo creyeron, lo pintaron y lo vivieron.



Subiendo las escaleras, sorteando una serie de banquitos infantiles y atravesando un estudio repleto de lápices, pinceles y demás elementos artísticos, aparecen las dos recámaras de Frida; el cuarto fragmentado que realmente le pone sangre y huesos a ese ser casi mitológico de cabello florecido y una sola ceja. La primera recámara, la de día, solo tiene el espacio suficiente para una cama, la afamada camita con espejo en el techo, en la que pintaba y sobre la que se hizo llevar a su primera exhibición en solitario en México, cuando el médico le prohibió levantarse para asistir y la obligó a guardar cama -ella cumplió-; sobre ella, la máscara mortuoria de la artista. La cabecera de la cama da directamente a la puerta que da a los jardines, a una vista verde y azul, la misma que recibe a los visitantes. La luminosidad de la recámara de día contrasta con la oscuridad de la recámara de noche, que guarda la colección de mariposas que le obsequió a la artista el escultor norteamericano Isamu Noguchi, la colección de juguetes de la artista y las más de 40 muñecas que Frida diseñó, todas ellas, representándose a sí misma. Al fondo, se alcanza a ver la puerta del baño en el que, en el 2.004, tras la muerte de Dolores Olmedo, mecenas y amiga de la pareja y encargada de velar por la petición de Diego de mantener algunos espacios de la casa cerrados durante 15 años (entre ellos los baños) y otros cuantos más por decisión propia (casi 50 en total) y cuando se pensaba que poco quedaba por decir o aprender sobre Frida, fue descubierto su guardarropa, ese que les voy a compartir en el siguiente post. En la misma habitación cuelga la litografía en offset de Marcel Duchamp –amigo de Frida- “Desnudo bajando una escalera” y en el tocador, en una urna prehispánica en forma de sapo, a modo de altar, las cenizas de Frida recibiendo la visita.




Noguchi’s butterflies.

I can not walk, I can not see
further tan what is in front of me
I lay on my back yet I do not cry
transported in space by the butterflies.

Above my bed another sky
with the wings you sent within my sight
all pain dissolves in another light
trnasported thru time by the butterfly

This little song came to me
 like a Little gift as I stood
beside the bed of Frida.
I give it to you with much love,

Patti Smith.




Ahí no terminó mi visita pero sí va a terminar este post porque no quiero aburrirlos con mi entusiasmo de colegiala. Pero, si es ya usual admirar a Frida por la simple existencia de su legado, imagínense entonces después de poderlo palpar, caminar y sentir, aunque fuera solo por un par de horas.



“Jamás en toda la vida, olvidaré tu presencia. Me acogiste destrozada y me devolviste íntegra, entera”.

Comentarios

  1. Me encantó este post, pero también me dieron escalofríos; sus obras son tan contundentes.

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  2. Muy de acuerdo con Andrea, excelente post, sentí cada uno de tus pasos en La Casa Azul, y tu inevitable emoción también me contagió, que ferocidad de Mujer!

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