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MODA, AISLAMIENTO Y LA FALACIA DEL “PARA UNA MISMA”.

Hizo falta una pandemia para que yo volviera a escribir sobre moda. Honestamente, pensé que nunca más iba a volver a hacerlo, al menos no en este espacio, pero aquí estoy, después de casi un año de haberlo dejado y dado este capítulo por cerrado, en gran parte porque soy piscis y no cierro nada. Y supongo también que, como con cualquier vicio, reincidir es parte del proceso de abandonar.


Si bien hace más de un año dejé de trabajar en esta industria, más de una década viviendo en ella y de ella no se desprenden fácilmente, no del todo. Esos 12 o 13 años, ya ni sé, dejaron secuela en mi vida, en mi armario, en mi biblioteca, en mi hoja de vida, en mi trasegar, en la bio del libro que debía haber salido a finales de abril pero aún no se desconfina y, por supuesto, en mi persona. 


Cuando comenzó todo era imposible no notar y comentar los cambios, los primeros, los evidentes y como siempre, la moda fue una de las primeras expresiones culturales en dar cuenta del momento histórico que empezábamos a atravesar. Lo primero, lo obvio, fue la búsqueda del confort y estéticas más amables con el cuerpo; para muchxs que no estaban acostumbrados al Home Office debió resultar liberador y revelador, vestíamos más cómodas sí, pero trabajábamos igual o incluso más. La relación inventada pero conveniente para el sistema entre productividad e imagen perdió peso cuando la imagen pasó a un segundo plano. Y es que no existe moda sin audiencia, no existe la presión por encajar en cierta imagen, en ciertos estereotipos, sin lxs otrxs. Es curioso cómo la moda afirma y desmiente tanto de nuestras vidas y ficciones siendo ella una construcción en sí misma. Se caían los mandatos y las arbitrariedades, no necesitábamos las temporadas, pero al mismo tiempo marchábamos todxs hacia una nueva uniformidad pandémica, la moda de protección, el tapabocas, los monos antifluídos, las viseras/visores horrendas pero efectivas, casi como el slogan de la administración pasada...  


Tampoco era cierto que hiciéramos tantas cosas por gusto, vestirnos para elevar el ánimo, maquillarnos para sentirnos bien con nosotras mismas, no lo era y no lo es, así nos guste tanto repetírnoslo para justificar el pacto que hace tiempo hicimos con los estereotipos y la norma. Nos damos palmaditas de aceptación con la imagen que nos vendieron correcta, esa es la verdad. Desprendernos de eso para muchas ya será imposible así que nos seguiremos haciendo el pajazo mental y no está mal, no nos juzgo, solo estaría bueno reconocer que no es tan sencillo hacer las paces con la imagen y que el amor propio no viene de un labial o de un trapo, que son solo efecto placebo y nada más. 


Y es que el mandato de la belleza, de la imagen perfecta, no tiene peso ni cabida en un mundo donde no nos vemos o nos vemos parcialmente. Donde, al menos en ese aspecto, podemos pretender ser iguales, somos una foto fijada en Zoom, podemos ser un gato, o solo existimos de la cintura para arriba. Lo importante en esas interminables e improductivas videollamadas del comienzo, tantas que pudieron ser un mail, era no parecer recién levantada. Bañarse ni siquiera era preciso, peinarse, maquillarse un poco (si es que algo) y ponerse algo decente en la parte superior del cuerpo. Abajo, pijama o sudadera y pantuflas. Y calzones de cuarentena, toda una subcategoría del confort. Abril fue una sola videollamada larga, sin pantalones. 


Reorganicé el cajón de las pijamas, el de las medias, el de la ropa interior y el de los leggings, que hace tiempo debía haber pensado que me había muerto. Todo lo demás me iba pareciendo cada vez más irrelevante, algunas categorías y cantidades incluso grotescas. Los zapatos, las carteras, los accesorios, el perfume! Alguien estaría usando perfume? No extrañaba nada de eso. Todo siempre fue performance, un performance para el mundo exterior, para la validación ajena así se niegue y estaba bien, era divertido, pero bastante prescindible. Pero adentro no importaba nada de eso. Toda esa consciencia del exceso para recordarnos algo que ya sabíamos desde hace tiempo. Llegamos a pensar que se desaceleraría el consumo, más allá de las pérdidas obvias por las cuarentenas y los cierres, desde una mayor consciencia del daño y un sacudón de las prioridades. Y seguramente así será para algunxs de nosotrxs, muchxs que venimos en ese difícil proceso desde antes, detonado por otros procesos personales, pero no será igual para todxs. Para toda tendencia, su contratendencia. Es sabido que después de las crisis la necesidad de reafirmación de muchxs desde lo material se refleja en la ostentación y para la muestra las filas en las primeras tiendas de lujo que reabrieron en China, las de Zara en Paris y los testimonios de varias vendedoras de almacenes de ropa que evidencian la poca consciencia del cuidado que suponen las medidas del retail en la nueva normalidad. 


No espero que todo cambie como piensan los más optimistas ni que la industria de la moda vaya a derrumbarse por esta pandemia -aunque las pérdidas serán históricas- pero, como dijo Roxane Gay, so much is happening right now… Se habla tanto de reinventarnos que ya aborrecemos la sola palabra. Yo no quiero reinventarme, llevo varios años desinventándome y con eso he tenido y sigo teniendo suficiente trabajo emocional, a mí que no me carguen más. Que se reinvente la moda, las organizaciones y los gobiernos, que incluso antes de esta pandemia ya estaban en alerta naranja.


Dicen que la moda es la hija favorita del capitalismo pero vivimos en los tiempos de las revoluciones de las hijas, y aunque yo ya le perdí toda esperanza como sistema, de vez en cuando me topo con proyectos y personas que me devuelven un poco la fe en esa capacidad de comunicar y transportar mensajes e ideas, incluso tendencias por mal vista que sea la palabra en ciertas esferas. La sostenibilidad, por ejemplo, empezó a aparecer en los reportes de tendencias hace unos años y ahora es un asunto de interés público, no quiere decir esto que todo lo que hable de sostenibilidad sea sostenible pero hay una conversación mucho más amplia y cuando circulan los conceptos y los cuestionamientos, el consumidor adquiere más herramientas para presionar desde el consumo, porque ya sabemos que del gobierno no vendrá absolutamente ninguna regulación -al menos no de este-. Y han sido esos proyectos los que me han mantenido atenta y cercana a las discusiones sobre moda, desde que empecé a cuestionarme esta relación tóxica que tenemos la moda y yo y que todavía no resuelvo ni termino del todo (escribo esto mientras le cangrejeo de algún modo para alejarme otra vez). Las iniciativas de moda y paz que surgieron tras el plebiscito, como Manifiesta, que hoy sigue empleando a excombatientes y adaptándose al momento tal vez más difícil para todo emprendimiento pero más para los que trabajan con poblaciones y comunidades que han sufrido más las violencias, la segregación y la precarización. O como La tienda del putas, el proyecto de sostenibilidad de la colectiva Putamente Poderosas, que lanzó una serie de monos/enterizos en tela antifluidos para apoyar con las ganancias a las trabajadoras sexuales y vendedores informales de Medellín durante esta pandemia que los tiene sin poder trabajar y por supuesto, en el absoluto abandono estatal -eso siempre-. La reparación también está ahí, en crear, difundir, comprar, hacer rentables esas iniciativas, priorizarlas a la hora de tomar decisiones de consumo.


Sabemos que el capitalismo es un sistema violento y salvaje y también sabemos que es difícil, para algunxs imposible, mantenerse al margen, pero creo -y esto no es nuevo para nadie- que es volcando el consumo de las grandes marcas hacia esos nuevos formatos de negocios más pequeños y transparentes y otras formas de consumo sin explotación que se está construyendo la ruta de escape -si es que hay escape-. Sí, la moda es un negocio y después de todo, nos tendremos que seguir vistiendo, bien sea bajo la falacia del "para una misma" o conscientes del mandato social y desde esa consciencia, retándolo, desde la estética o desde la decisión absolutamente política de consumo y uso. O tal vez eso de "vestirse para una misma" pueda funcionar mejor desde ahí, desde la tranquilidad de saber a quién le vamos a seguir llenando o no los bolsillos y qué mensajes y posturas vamos a seguir financiando o desfinanciando...

Comentarios

  1. Ita! Escribiré por acá para recordar un poco esos tiempos donde activamente te leía y comentaba cada post que subías. GRACIAS por este escrito, más allá de la distancia que has tomado de la industria sigues siendo esa voz que es lindo escuchar, esa voz que puede articular esa disyuntiva de las personas que aunque estamos apasionadas por la industria, vivimos en la eterna lucha de sentimientos encontrados que nos genera.


    Karen (@labiologiadelamoda)

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  2. A mi siempre me ha gustado como escribes. Siempre.

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  3. Me encantó. Excelente reflexión. La revolución podemos empezarla desde las decisiones de consumo. Para ver si algo podemos hacer contra este capitalismo salvaje

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  4. Creo que la virtualidad ocurre más allá de la videoconferencia, y esos espacios son también la vida pública. Basta pensar en los tbt's, en tik-tok y todo lo que ocurre allí desde el vestido, para los demás y para uno y una misma. Tampoco considero generalizar la experiencia de para quién se viste el que se viste a partir de la propia postura impone una manera de ver. Me parece interesante complejizar ese punto de vista, y aumentar la discusión.
    Por lo demás, muy chévere la reflexión sobre el camino recorrido.

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